
Hace setenta años moría en el exilio de Londres el médico vienés que conmocionó a la psiquiatría y a la sociedad moderna con su teoría del Psicoanálisis. Sigmund Freud también quiso dar una interpretación global de la cultura, investigó la sumisión maníaca al amo, atacó el racismo y alertó contra el narcisismo.
Sigmund Freud (1856-1939) vivió en Viena desde 1860 hasta su exilio, aunque siempre se sintió ajeno al mundo vienés, que le trató con desdén. Esa distancia conflictiva fue, sin embargo, fecunda: Freud forma parte de un grupo más bien “germano-judío” integrado por Warburg, Cassirer, Kraus, Einstein, Musil, Kafka o Wittgenstein, que también penó por su genio. Con ellos vivió las turbulencias antisemitas que culminaron con el delirio nazi, triunfante desde 1933. Finalmente, Freud huyó a Inglaterra. En 1938, su familia había sido violentada y sus libros, quemados.
El propio Freud divide su vida en dos tramos de cuarenta años. El primero está definido por una excelente formación médica, su matrimonio en 1886; su inquieta estancia en París, un año antes, siguiendo a Charcot para estudiar las sugestiones en ciertos trastornos psicosomáticos; su intimidad con el fisiólogo Breuer, cofirmante de dos trabajos sobre histeria, 1893-1895, y luego con el otorrino berlinés Fliess. Su correspondencia fervorosa con éste, 1887-1901 –hoy, Los orígenes del psicoanálisis–, hace de espejo de la metamorfosis freudiana.
Sus orígenes familiares marcaron especialmente este tramo inicial. Tras la muerte de su padre en 1896 –“la pérdida más decisiva”–, inició una introspección inédita que le condujo a reconocer su inclinación materna y su rechazo del progenitor –“todavía no sé lo que está sucediendo en mí”–, con sentimientos de culpa. Mauricio Jalón explica su trayectoria, al tiempo que analiza la evolución de su pensamiento a través de sus principales obras.
Vía El Mundo
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